Hacía una semana que podría jurar que tras las petunias del alfeizar de la ventana de la señora Peach, deambulaban diminutas sombras sobre sus pétalos para jugarle una mala pasada a la vista de la muchacha; también podía asegurar que en las esquinas de los carcomidos muebles de madera del apartamento que hacía de su nuevo hogar, se escuchaban silenciosos pasitos que pisaban el suelo de azulejo con sumo cuidado para no congelarse los piececillos. Pero por supuesto, Fate no creía en las chiquilladas, al fin y al cabo, a las 6 de la mañana cualquiera podía ver sombras y escuchar sonidos que, probablemente, provinieran de los retazos del sueño que había tenido mientras dormía, ¿no? Por supuesto, era imposible que seres fantásticos habitaran en este mundo, y mucho menos en un pordiosero barrio como el suyo, lo normal sería que aparecieran, en todo caso, en la delicada habitación de una pequeña niña inocente que pasaba los días y las noches, en su adinerada casa al calor de una hoguera, leyendo fantásticos cuentos de hadas, de bonitas tapas de cuero y muy conseguidos dibujos de seres feericos. Definitivamente, estos delicados seres no irian a parar a la maltrecha casa de una muchahcha a juego con esta, y que ni por asomo leía libros caros y de historias fantásticas ni creía que todo esto que le pasaba por la cabeza al ver una sombra por la mañana.
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